viernes, marzo 30, 2007

Ya somos tres y sé que hay veinticuatro y uno más

Al principio era yo sólo. Bueno al principio del principio no era yo, era otro que supe que cayó rodando escaleras abajo y se hizo mil añicos, luego fui yo y después vinieron otros.
Yo fui robado, o quizá rescatado, de un mugriento bar en Santiago, el bar Negreira. Viajé cómodamente aposentado entre mullidos y suaves calcetines que me hablaron de caminos y kilómetros, de dolor, de lluvia, de polvo, de sol, de sudor y paisajes. Llegamos a Negreira, el pueblo que da nombre al bar de donde fui robado, o quizá rescatado, y allí recogimos al "tarado". Yo contenía entonces café soluble con leche condensada light y él me sorprendió con un licor de un ligero y brillante verde claro, casi fosforito. Desde ese día viajamos juntos entre los calcetines y la charla atropellada de los calzoncillos que en su manía monotemática sólo hablaban de deseo. La pandereta naranja y amarilla solo de vez en cuando se hacia notar. Es tímida.
Tarado es como él me dijo que se llamaba. A mi me parecía un poco despectivo el nombrecito pero él está orgulloso de su particularidad a la que otros llaman "tara". Fue por su tara por lo que fue robado o quizá rescatado en ese lugar que lleva el nombre que nos une, Negreira. En uno de los tragos de licor que alternaba con los de café se dio cuenta de que su redondez no era perfecta de que tenia una pequeña "panzita hacia dentro" y eso le hizo mucha gracia y empezó a perpretar su robo, o su rescate, justificado por las ocho letras que nos unen, n e g r e i r a .
Salimos de entre los calcetines que ahora están durmiendo en un cajón perfumado de almizcle su sueño de kilómetros y vivimos los dos sobre esta mesa naranja junto a la pandereta naranja y amarilla que sigue muda.
El chiquitín vino hace un par de días, bien entrada la noche. Traía olor de buen vino y mozzarella y pulpo y ají picante y empanada criolla. Tiene acento porteño. No fue robado, o quizá rescatado. Fue un regalo casual junto a un barquillo chorreante de dulce de leche en una pizzería que hay al lado de un bar gallego en Malasaña. Él nos llama gallegos, nosotros a él "el chiquitín".
Ayer acercó su boca, su bigote y su barba a nuestros bordes y susurró que hay venticuatro más que vendrán con nosotros la semana que viene. Veinticuatro vasos de sidra con ínfulas artísticas y uno más que seguro conoceremos esta tarde. De este no sabemos nada, solo que espera.
La pandereta, muda. El chiquitín ufano lleno ahora de málaga virgen y el tarado dentro de mí. Yo, orgulloso de mi tatuaje en relieve "Coca-Cola". No sé qué significa. Quizá también sea una tara.

1 comentario:

juan carlos dijo...

Paco........esta historia es preciosa, maravillosa......... y es todavia mas increible poder ser algo mas que un mero lector de la misma.