miércoles, abril 18, 2007

Único y exclusivo

Me defino blanco, y sin darme cuenta empiezo a contar cuántas cosas blancas hay a mi alrededor: el techo, unas hojas de papel, el sitio donde escribo, las letras de las teclas, un plato, parte de un paquete de tabaco, un radiador, una bolsa, una tarjeta, unas cajas, dos pilas, parte del pelo de una perra, un bote de pintura, una tarjeta, plastelina, una cabeza, una ventana.

Sin esforzarme demasiado encuentro más de diez cosas.

Me defino de plástico y sólo con girar la cabeza veo un mechero, una bolsa, la cobertura del paquete de tabaco, la funda de un cd, el forro de unos libros, unos contenedores con ruedas, una persiana, un bote para orina, un bote de lápices, un marcador de páginas.

Hueco, listo para ser llenado. Veo la rendija del papel de la impresora, la salida hueca para papel, el cenicero, un sobre, la funda de las gafas, el paquete de tabaco, la papelera, una bolsa, un marco de fotos, una caja de galletas.

Todo parece soportable. Quizás lo que menos el laberinto de cosas que hay en la habitación en la que cuento esto.

Me he refugiado aquí porque sin querer he descubierto que en otra parte de la casa hay un montón de vasos excatamente iguales a mí. Me he asustado. Puedo ser reemplazado por otro vaso en cualquier momento. He tenido la , seguramente absurda, idea de que si no me encuentran no me podrán reemplazar. Este tipo de ideas no son propias de un vaso. Al menos no de un vaso como yo, un vaso creado para fiestas, para la calle, para estar en contacto con el mundo. Para durar lo que dure y después chof a la papelera.

Pero resulta que le he tomado cariño a lo temporal y ya me asigno habitaciones, me conecto a internet, me apunto por mi cuenta y riesgo a los desayunos, me tomo confianzas para considerarme el vaso exclusivo de esta santa casa.

La propiedad privada empieza a hacer mella en mí. O tal vez sea que lo temporal implica perder algo que en algún momento has, por lo menos, deseado amar.

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