domingo, julio 13, 2008

VERSIFICANDO (Pólemos)

Pólemos o la aventura de la poesía.

Escribir porque sí, por amor a la palabra.
De religión, la escritura. Ésa que nace a las tres de la madrugada, verano al fondo, cuando los pensamientos se mueven en bucle y suenan los últimos ecos del día.

Poesía en una mañana de domingo, Olavide cercana con restos de París.
Café, mucho hielo, carmín en los labios, grosella en los dedos del pie, el viento suave de Rascafría bajando y las Farc enredándose con la carita de un millón de años de un niño de las pateras en Fuerteventura. Hay hasta poesía en el Niño de las Pateras, que, a lo mejor, crece y toca su desgracia por soleás.

Poesía en el móvil, en los primeros mensajes, aquéllos que me mandaste cuando yo era una recién nacida en Chamberí.
Poesía en un Mac, una oda a los iconos bonitos, a las fotografías desde las que sonríen los quereres, la campiña y el sur. Con el Photoshop, le hago poesía a la cara de mi pare y él me devuelve mensajitos en el celular que dicen, Cuánto te quiero mi niña verde. Te extraña, tu padre azul.

Poesía en un rinconcito de Venezia, que tú me traduces como la Iglesia de Santa María dell Orto, otra oda a la belleza de Canaletto, el pintor dulce, otros versos: los que nacen al pie de la Laguna en acqua alta.

Poesía, para Pólemos, son, más que nada, el amor y la muerte. Hoy, a las cuatro de la tarde, hora brava, leí que el amor se hace a base de oxitocina y vasopresina, dos moléculas. Y que la mayor dosis de moléculas nacen en las noches de verano y en los minutos posteriores a un parto. Entonces, imagino la suavidad primitiva, la primera, la de cuando me cogiste entre tus brazos, un 21 de enero, la primera vez; un 17 de noviembre, la segunda, y, entonces...¿Cómo no voy a ser poeta si me alimentaste con cabezuelas de jazmines? Que no me sale del alma la ingeniería de Caminos, Canales y Puertos, ni las leyes del derecho y del revés, ni la fisiología de la osamenta. Y menos, la derivada y la trigonometría. Así que venga Orhan Pamuk invierno tras invierno y venga García Márquez, otoño tras otoño de mi matriarca. El título de licenciada en olivos, verderones, mandrágoras, su poquito de sal y dos de Estrella Morente.

Y hoy, caminando por Madrid, me entero por Pérez Galdós que al ladito de casa, Fuencarral 109, hubo un crimen pasional, yo que busco en las novelas negras, la partecita oscura de mi existencia. También hay versos que duelen. Los que más, aquéllos a Ignacio Sánchez Mejías o a Ramón Sijé.
Prometo poner nombre a los dolores, los míos, los de mis compañeros.

Vagabundeo el mundo o él me vagabundea a mí.
Pienso en caló, bebo sólo poesía y acaricio los lomos de los libros.
Y sirvo a los durmientes, a los antepasados, que reviven otros mundos, bajo el recuerdo constante de sus nombres.

De cualquier palabra, cualquier verso. Sin barreras. Mezcla, debate, lío, extravagancia. Cualquier cosa es posible.

Un abrazo a los polemistas.

Carmen

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