miércoles, noviembre 26, 2008

Toxina

Signándose, entró en la iglesia y se sentó en el último banco.
Ante él,
un altar, una pila bautismal, un confesionario, un crucifijo y como siempre
su futuro.
Estaba cansado de sus juegos de pipirigaña para reprimir sus impulsos,
Estaba fatigado de la severidad y de ser un zamujo,
de mirar
por encima de su hombro siempre, buscando el comentario de la gente.
No aguantaba, que todos aquellos rijosos parlotearan.
¡Cotorras parlanchinas sin sentido!, picoteando la vida de los demás.

Se sentía juñido a la vida que araba sin descanso
Haciéndola más profunda con su paso.
Dónde los días transcurrían encerrado
en su varaseto oteando a los demás.

- “niño deja el visillo que nos ven.”
- “Chiquillo que van a decir los vecinos.”
- “Muchacho compórtate que no somos salvajes”
- “Arcadio que las cosas hay que ganárselas”

Cansado y hastiado de la bruñida vida que le había tocado,
Se signó y se sentó en el último banco.

Cuando subía al otero veía el rebaño de gentes
que se movían, balaban y rumiaban.
Como lo hacían al otro lado del otero su riqueza:
más de 300 cabezas, de la mejor lana.
Suficientes para vivir tres generaciones.

La necesidad pasada, era eso, un mal recuerdo.
Sus hijos vivirían del rebaño,
Pero no dentro del rebaño. Nunca con aquellos
Que señalaban con el dedo índice.
¡Acusicas!
El final había llegado, el día de decir basta,
ya no sería nunca más un juguete
En manos de esa gente.
Haría una pirueta y acabaría con todo.

Justo a tiempo entro la tía Rosario.
La jefa.
La madre de todos, la que decía

-“niño deja el visillo que nos ven”

La que hablaba con los perros
si alguien se salía del rebaño.
La que ponía condiciones para mantener
el buen hacer y el buen pensar.
Esa mujer tenía un par de ojos
en las cuatro caras de la cabeza.
Dejó que pasara y pasó con ritmo de procesión,
adentrándose en el estomago de la iglesia
en dirección al altar.
Arrastrando a la corte de rémoras
que cuchicheaban alborozadas.
Lo había sufrido y no podía transigir más.

Levantándose se signo,
pero esta vez en sentido contrario.
Silencio.

Se oyó caer el polvo en el frío de la iglesia.
Repitió el signo, esta vez deteniéndose en los detalles.
Los ojos de la tía Rosario atravesaron la luz de las vidrieras
y se hincaron en su mano cruzada de derecha a izquierda.
Con esa picardía ganó el infierno
y de rebote su libertad.

Salió por el pórtico, se agarró al parteluz
y con una pirueta cayó al pueblo entero
convirtiéndose en un sin tierra
y todo de una vez.

Camino como hombre libre
Para no detenerse jamás.

vins pólemos

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