jueves, noviembre 27, 2008

Wéber

La espira del teobroma
me rugió un tatuco
antes de teñir la zeda de porcelana
y la zapateta con wéber en la cabezuela del vestíbulo
cuyo pábulo y zamujo contra todo otero
abría la toxina de juñir oro negro.

Tus labios de batallol abrigaban falucho de espira muerta
y con la picardía de un juguete
sobre el varaseto rijoso
tendí a signar mi final,
pero no fue sin
un zaragüete de zapateta que el sosiego
me deshoja
me acuna
con la pipirigaña predestinada
que hace de mí
poco más que un
misérrimo wéber.

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