jueves, diciembre 04, 2008

Un día cualquiera, es el decimocuarto cumpleaños de X. Bajo su prisma adolescente, cualquier otro X no querría compartir demasiado tiempo con su familia, ya que está pasando por esa edad en la que quizás sus amigos le aporten esa comprensión que no recibe en casa. Pero éste no es el caso. X se queda en casa toda la noche, no sale. Observa la cara de preocupación de su tía mientras habla de la detención de su hijo, Z, de 23 años, primo hermano de X. Entre lágrimas de rabia, la tía golpea la mesa mientras la madre de X la aprieta contra su pecho para paliar su pesar.
X, sin saber muy bien el porqué, empieza a odiar algo que nunca le ha hecho mal pero que sabe que debe odiarlo con todo su corazón. Se siente muy unido a su familia, la admira. Su familia es como un clan, es un grupo muy respetado al que todo el mundo conoce pero del que nadie habla, su familia camina por el pueblo con la cabeza bien alta y una mirada amenazante. Es un familia unida.
X es consciente de que nunca se va a plantear si su familia está o no equivocada, lo único que va a ser capaz de plantearse es el nivel de exigencia personal con la que va a responder al perfil familiar. X decide que será el máximo nivel.

Un par de años después, X está cercano a acabar el instituto. Bromea con sus 3 inseparables amigos sobre el futuro que les depara. Los tres amigos de X saben que él es un líder nato y que tiene los cojones más grandes que los demás o quién sabe, quizás es más cobarde que todos ellos porque se sabe respaldado por su familia, la de la mirada amenazante.
X decide, uno de esos días, colocar otro mensaje reivindicativo en la pizarra. Nadie lo borra y la profesora, esa bilbaína exiliada desde hace 14 años del barrio de Neguri hace caso omiso de la ofensiva frase escrita en el encerado, no quiere más problemas.

X ya está en la universidad, vive fuera de su pequeño pueblo, ha decidido estudiar educación física. Está casi hecho un hombre y cree que ha llegado el momento. Sin todavía un verdadero motivo para sentir odio hacia un determinado colectivo, X decide cruzar la línea que separa una actitud extrema de la inmoralidad de un comportamiento. Es fin de semana, X pasa aquel par de días de asueto en casa de sus padres. Es la fiebre del sábado noche, X llega corriendo a casa, casi sin aliento, las manos le apestan a gasolina..., X ha lanzado su primer cóctel molotov contra un cajero de un banco del estado español. Su madre, conocedora de las actividades de X, le reprime. Le reprime no por enfado sino por miedo. Conoce, como todas las madres, a la perfección a su joven hijo y sabe que hace más de 5 años, X, se marcó aquel objetivo con respecto a su nivel de compromiso. Ella está asustada pero por dentro siente un profundo orgullo.

X apenas siente ya interés por lo que estudia y poco a poco empiezan a ser habituales las carreras los fines de semana. Alguna noche, después de la universidad se reune con un grupo de los suyos, de los que van proponiendo cosas para dar rienda suelta a ese odio al estado español. Es un odio que viene de alguna parte que no conocen muy bien, de alguna prima torturada en un interrogatorio, de aquellos años de represión del abuelo, de aquel porrazo de un guardia civil, quizás de aquellas cenas familiares. Es un odio sin canalizar que se expande de manera isotrópica alrededor de X y que se alimenta de las palabras de sus compañeros al igual que el da de comer a los demás con las suyas. Así es el fascismo, uno no puede serlo nunca en soledad.

X lo tiene claro, no es un psicópata ni un loco cualquiera, pero hará lo que sea por cambiar de estrategia y romper la tregua traidora con el estado español. X empieza a matar. La mejor manera de matar es ordenar una muerte, es una manera sutil, sólo permitida a los más aptos, a los que tienen un verdadero carácter. Es una manera que sólo requiere un instrumento, la voz. Puede ser ejecutada a cualquier hora, por la mañana mientras desayuna, después de hacer el amor, o incluso a continuación de un buen cepillado dental. Paradójicamente, X siempre quiere tener un aliento fresco y limpio antes de ordenar un asesinato. X es incluso capaz de enamorarse, se hace acompañar de Y allá donde vaya.

X apenas habla ya con su familia, sólo unas cuantas cartas furtivas, algunos mails en clave y varias llamadas telefónicas en días contados. Algunas noches, cuando X no puede dormir piensa en el día de su decimocuarto cumpleaños en el que decidió marcarse aquel objetivo. Ahora podría decirse que lo ha cumplido, se siente como el consejero delegado de una empresa o mejor, como un importante científico respetado y admirado por todos sus colegas de profesión. Son las 3 y pico de la mañana, X está punto de conciliar el sueño, está abrazado a Y, la quiere y daría su vida por ella. X sabe que su propia vida es mucho más valiosa para la causa que la de Y, pero le reconforta ese sentimiento de ser capaz de guardar su ego por amor, X se considera un hombre muy sensible, la besa en la frente para celebrarlo. La cama es un poco más cómoda que la anterior, y es que este apartamento francés tiene buen estilo..., no lo cambiaría jamás por la celda de una prisión.

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