sábado, noviembre 13, 2010

Quirófano

“Recuerde el alma dormida,
avive el seso y despierte
contemplando
cómo se pasa la vida,
cómo se viene la muerte
tan callando…”

Elegí las Coplas a la muerte de su padre.
Un poema escrito hace cientos de años.
No recuerdo haberlo memorizado nunca
pero su ritmo es tan perfecto
como un mecanismo de relojería,
así que vive en mi cabeza
sólo porque lo he leído muchas veces.
Mis hombros y mi pecho
desnudos,
llenos de cables que me conectan
a una máquina,
un anestesista que busca
una vía de entrada por mis venas,
varios cirujanos,
¿es usted alérgico a algún medicamento?
luz intensa
como si el sol estuviera sobre mi cabeza.
“cuán presto se va el placer,
cómo después, de acordado,
da dolor,
cómo, a nuestro parecer,
cualquiera tiempo pasado
fue mejor.”

Todo ha sido tan rápido,
tan inesperado,
que me resulta extraño
estar en un quirófano,
el alma despierta,
la mente
a punto de dormirse,
quizá para siempre.
Esa es la idea que pasa por mi cabeza
y elijo recitar las coplas
para mantener mi mente ocupada,
para tranquilizarme,
para serenarme,
para prepararme quizá
para un largo viaje,
porque presiento que la muerte
también se está preparando,
pendiente de mi ritmo cardiaco
y se ha puesto guantes quirúrgicos
por si también ella es necesaria.
Y mientras recito calladamente
“…Buen caballero,
dejad el mundo engañoso
y su halago,
vuestro corazón de acero
muestre su esfuerzo famoso
en este trago…”

siento unas manos femeninas,
cálidas y tiernas,
que me acarician la cara
y una voz dulce
me anuncia
que voy a quedarme dormido
y antes de llegar al final
de la copla,
entro suavemente en la bruma
de un sueño profundo
del que no sé si quiero
que alguien me saque
llamándome por mi nombre.


Juan Carlos Ortega

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