jueves, marzo 08, 2012

MI ABUELA (por Olvido Toledo)

Mi abuela se llamaba Olvido.

Era mi “abuelita”. De cara arrugada y de alma blanca.

La recuerdo siempre de negro, con sus zapatillas de paño y aquellas medias del mismo color que sujetaba con gomas bajo sus rodillas. ¡Cómo me gustaba ver cómo se las ponía y cómo me sorprendía la blancura de sus delgados muslos!

Mi abuelita llevaba el pelo recogido en un minúsculo moñete. Me quedé con la boca abierta la primera vez que ví como lo desenroscaba y se convertía en una melena de cuatro pelos que caían hasta la cintura. Se los peinaba, se echaba brillantina, se los trenzaba y después los iba enmoñetando. Nunca quería lavárselo porque decía que se enfriaba. Mi madre tenía que obligarla a hacerlo de vez en cuando.

Cuando yo era pequeña, vivía en mi mismo barrio. Desde el balcón de mi casa divisaba a la abuelita cuando aparecía por la esquina de nuestra casa y yo gritaba contenta: “viene la abuelita”.

Mi abuelita era muy golosa y siempre tenía algún dulce en su casa para ofrecernos; coleccionaba tabletas de chocolate a la taza…

En el barrio, vivía en una casita baja minúscula que daba a un patio comunitario. En aquel patio, a la altura de su puerta, había un rosal cuyo olor quedó fotografiado en mi olfato y … más adentro.

Cuando nos dolía la barriga, mi abuelita hacía de hechicera dándonos friegas en la tripa “a escupitazo limpio” de manzanilla. ¡A mí me daba
un asco…!

Más tarde, mi abuelita se fue a vivir al pueblo, a aquel pueblo que tuvo una fuente en la salida. Allí, en ella, refugié en ocasiones mi adolescencia. Después, allí también, observé cómo mi abuelita se consumía, cómo sus huesos no cabían en el pellejo, cómo su alma se mudaba.

Mi abuela fue un ser de luz. ¡Cómo no!

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