miércoles, marzo 07, 2012

MI ABUELA (Por Patro Petra)


Tendría yo 4 o 5 añitos cuando conocí a mi abuela Patrocinio. Hasta ese momento, la única familia paterna de la que tenía constancia eran el tío Carlos y su mujer, la tía Lola
Recuerdo aquel día: mamá se puso su mejor traje, los zapatos de tacón y un sombrero que solamente usaba en alguna boda o entierro. A mí, me puso el vestido de los domingos y unos pasadores (con forma de margaritas), sujetando el extremo de las trenzas. Cuando llegó papá me cogieron de la mano, subimos a un tren, y allí me fueron leyendo la lección de comportamiento que no debía olvidar.
Una mujer grande (alta y gruesa), con una enorme nariz aguileña, ojos negros (parpadeantes) y una prominente barbilla; vestida de luto riguroso, nos abrió la puerta.
--Esta niña no tiene nuestro más que el nombre y apellido- dijo- dirigiéndose a mi padre, después de haberme observado durante unos minutos, que a mí me parecieron horas; y al cabo, levantándome del suelo, me dio uno de sus escasos besos. Me dijeron que tenían que hablar de cosas de mayores, así que, la abuela me llevó a un dormitorio pequeño, de donde cogió un caballito de cartón (juguete preferido de papá, cuando era niño, según me comentó), y me hizo prometer que no lo estropearía.
--Pórtate bien- ordenó mi padre- (con aquel gesto característico suyo, de señalarme con el dedo índice de la mano derecha). Sí, no toques nada, por favor- añadió mamá-, y ya no oí su voz hasta que salimos de aquella casa. Me rompí un pasador del pelo, derramé la leche de la merienda y, al caérseme el caballito de las manos y comprobar que se le había roto una oreja, presentí el castigo de mi padre. Efectivamente, papá me dio un azote cuando oyó a la abuela decir que estaba muy consentida. No volví a verla hasta diez años después (cuando se vino a vivir a casa para que mi madre la cuidara), durante su larga enfermedad.
Nunca perdonó a papá que se casara con “la aldeana”, como solía llamarla cuando se refería a mi madre, y a pesar de los cuidados recibidos, quedaba claro que no éramos santos de su devoción; igual que ella no lo era de la nuestra. Su trato hacia nosotras era despectivo, y a mí no tanto, pero a mamá la miraba con un cierto aire de orgullo de clase y superioridad. Era poco habladora, y se pasaba la mayor parte del día sentada en una butaca rezando y quejándose de sus dolencias; y cuando a mamá se le pasaba la hora de su medicación, la llamaba a gritos y le recriminaba su abandono. Fueron muchos los castigos que mi padre me aplicó durante aquella temporada, e incluso algún que otro tortazo recibí también, cuando al regreso de su trabajo volvía a casa, y ella le contaba de mis malas contestaciones y mi desobediencia (exageraba, y no me dejaba respirar ni un minuto: Patro, tráeme un vaso de agua. Patro, alcánzame las gafas. Patro, apaga la TV. y ponte a estudiar… Patro, esto. Patro, lo otro). Nunca podré olvidar las lágrimas silenciosas de mi madre, ni su tristeza y desolación después de estas escenas, en las que siempre ella o yo, y a menudo ambas, éramos descalificadas ante sus ojos, e injustamente tratadas. En varias ocasiones oí suplicar a mamá, en voz baja, pidiendo por favor se pusiese pronto buena, para que se marchara a su casa y nosotras poder tener algo de paz ( momento que deseábamos ansiosamente, tanto ella, que bien claro lo manifestaba a la menor contrariedad, como nosotras: mamá y yo, quiero decir; papá, al pasar casi todo el día fuera, estaba bastante al margen de los conflictos domésticos entre las dos mujeres y, más aún, de los tejemanejes de la abuela; ya que, cuando él estaba presente, mostraba una actitud cordial, incluso cariñosa, y hasta podría decirse que de forma sutil y artificial también, en alguna ocasión, mostró su agradecimiento). Mi madre, por otra parte, se abstenía de comentarle incidencias cotidianas; de sobras sabía ella que él disculparía a la suya.
Tardó un año en recuperarse y en volver a su domicilio, pero al cabo de otros dos regresó con nosotros, y esta vez se quedó para siempre. Ya no podía valerse por sí misma, y mamá la atendió (con paciencia de santo), hasta que el día de navidad de 1981 murió en casa, después de que papá le pusiese en los pies un ladrillo (por sugerencia de mamá, que viéndola sufrir tanto, después de dos días de agonía, se lo aconsejó). Según ella (había oído comentar en su pueblo), los devotos de la Virgen del Carmen se aferraban mucho a la vida terrenal, y este método era eficaz y rápido para pasar a mejor vida.
Puede ser que haya algo de verdad en esto, porque mi abuela tardó poco en morir, una vez se le hubo colocado el ladrillo. Cuatro suspiros de alivio sonaron en la casa aquel día, y rara vez se la menciona aún hoy; mas, cuando algún recuerdo de ella me viene a la memoria, la sigo viendo en su butaca rezando el rosario, o protestando por esto o por aquello.
Dios la tenga en su Santa Gloria! pero… ¡qué mujer tan arisca y egoísta era mi abuela Patrocinio! Por suerte, de ella solamente heredé su nombre.

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